O tal vez debería haber titulado este post «¿Debería importarnos lo que piensa el resto del universo de nuestras decisiones alimentarias y de estilo de vida, o tendríamos que pasar de todo y quedarnos en paz?».

Seguro que os habéis topado con este tema más de una vez.

La primera respuesta, fácil, sería: — «No justifiquéis nada, no gastéis energía, no os expongáis a posibles conflictos, solo predicad por el ejemplo en silencio y las cosas caerán por su propio peso».

Pero como ya comenté en una entrada anterior, debo de ser una descendiente de Juana de Arco, porque no me callo y subo en primera línea de combate, aunque acabe herida, dolida y llorando por las esquinas. Porque estoy convencida de que el esfuerzo vale la pena, y de que las palabras y la comunicación pueden cambiar el mundo. Será por algo que haya elegido la profesión de traductora hace casi 20 años.

Un médico francés que lucha activamente contra los OGM recorre muchos pueblos y ciudades de Francia dando charlas de manera voluntaria. Dijo algo así: «Si sabemos la verdad, nuestro deber es transmitirla al mayor número posible de personas». En eso estoy, en eso estamos todos los Episaludianos.

¿Por qué queremos hacerlo? Para mejorar nuestra vida, mejorar el paradigma sanitario y alimentario actual, y mejorar el mundo para las siguientes generaciones (casi nada, vamos).

Tampoco queremos predicar de manera dogmática como ciertos grupos religiosos, pero sí informar a las personas de nuestro alrededor con argumentos científicamente probados, y reconocidos por la comunidad científica internacional. Y sobre todo, con nuestros propios argumentos, nuestra experiencia, nuestra historia, nuestra mejoría. Muchas veces son los argumentos más efectivos: mostrar a los demás que estamos radiantes, llenos de salud y energía. Entonces sobran las explicaciones y las justificaciones.

Uno de los motivos por los cuales decidí estudiar un postgrado de «Experto Universitario en tal y cual» fue para dotarme de cierta credibilidad frente a mi entorno. Y no ser una simple paciente ignorante que ha leído cuatro estudios sobre ratones y grita a los cuatro vientos que ha encontrado la dieta milagro que cura todas las enfermedades. No, para los milagros, siempre queda Lourdes.

Tan fácil y tan complicado

Es que al final todo es terriblemente sencillo y natural, pero algunas personas lo ven como algo complicadísimo, antisocial y hasta peligroso.

Total, que nos hemos simplificado la dieta y sin quererlo, nos hemos complicado la vida.

Hemos salido de la zona de confort alimentaria en la cual habíamos nadado toda la vida con los otros peces de colores.

Nadie se escandalizó cuando expliqué que de repente me había puesto a comer pescado cuando casi nunca lo había probado en toda mi vida, como expliqué en esta entrada.

Bueno. Sí, mi marido se escandalizó, porque ahora tiene que aguantar olores a pescado en casa dos o tres veces por semana, cuando pensaba que se había juntado con una mujer anti-pescado como él.

Pero, buff, la energía que tuve y tengo que gastar para justificar que ya no como productos con azúcar, gluten o lácteos.

Y me consta que no soy la única, tanto por el lado de los pacientes como (de manera muy marginal pero real) de algunos médicos «revolucionarios» que se sienten incomprendidos por sus colegas de profesión, por querer aplicar a sus pacientes métodos de prevención y técnicas de «medicina integrativa» mediante una alimentación saludable, entre otros muchos recursos.

¿Por qué es tan difícil conseguir que los demás entiendan nuestro modo de vida?

Muy poco después de emprender mi viaje hacia una alimentación saludable, tuve que enfrentarme a miradas, actitudes y palabras… no siempre positivas. Nunca me habría imaginado que unos «simples» cambios alimentarios, que solo me afectaban a mí (eso pensaba yo), podrían provocar tanta tensión en mi entorno social, familiar y médico.

Me enfrentaba a lo que llamo «el doble castigo».

El primero, por tener que renunciar prácticamente de un día para el otro, al 80% de los hábitos alimentarios que había tenido siempre (incluido abandonar mis adicciones al azúcar y a los ansiolíticos, a los cuales llevaba años enganchada). El segundo, porque mis decisiones alimentarias implicaban automáticamente un aislamiento y una marginación social potentes.

Hay personas más propensas a expresar, argumentar y justificar sus decisiones, y otras que prefieren evitar el conflicto y no ven la necesidad de justificar nada. También hay momentos para entrar en la arena de combate con fuerza y determinación, y otros para quedarse quietos, cuidarse y observar. Con tiempo y experiencia, aprendemos a distinguir las situaciones y los momentos que se presten mejor o peor a ejercicios de argumentación constructiva.

La mayoría de las personas de la comunidad de Episalud (en nuestro grupo de Facebook somos casi 1.100) hemos mejorado nuestra salud gracias a cambios alimentarios y de estilo de vida importantes o incluso drásticos.

Estos cambios son difíciles de aplicar y mantener en el tiempo. Requieren mucha disciplina, esfuerzos y sacrificios.

Siempre habíamos pensado que teníamos salud y que «comíamos una dieta equilibrada», y de repente nos vemos inmersos en una crisis de salud de la cual no sabemos cómo salir. Estirando del hilo, muchos hemos descubierto diferentes protocolos alimentarios que nos han llevado a  comer alimentos sin procesar, lo más naturales y ecológicos posibles, verduras y fruta fresca, proteína animal de calidad, buenas grasas, mucha agua, poco más. Quitando de nuestra dieta productos inflamatorios y nocivos para la salud, como el azúcar, los cereales, los lácteos, la soja y los productos hiperprocesados.

Los revolucionarios tienen mala prensa

¿Por qué el hecho de que hayamos adoptado un estilo de vida saludable les irrita tanto a algunas personas?

Porque la alimentación es una de las cosas —como el aire que respiramos o el agua que bebemos— imprescindibles para nuestra supervivencia.

Y por lo tanto, es tan vital, íntima y cargada de simbolismo social y cultural, que un cambio importante en nuestra alimentación puede provocar terremotos emocionales, tanto en nosotros como en nuestro entorno.

  • Cuando revolucionamos nuestros hábitos alimentarios, sin quererlo nos atacamos a un tabú, un pilar intocable, en una época en la cual nunca se ha hablado tanto de comida, nunca se ha producido, comprado, manipulado, consumido y despilfarrado tantos alimentos. Nunca han existido tantos blogs, programas de tele, libros de recetas y famosillos hablando de comida a todas horas y en todos los soportes de comunicación.
  • Hablamos de comida y vemos comida a todas horas y en todas partes pero… ya no sabemos qué comer. Que si la dieta sin gluten, la dieta hiperprotéica, hipocalórica, High-Carb/Low-Fat, High-Fat/Low Carb, ayuno intermitente, cetogénita, Atkins, Montignac, Dukan, la monodieta, la détox a base de zumos, la macrobiótica, las dietas yo-yo, la dieta de Jennifer Aniston, la de Belén Esteban… Todo nos incita a comer mejor y menos, y a la vez todo nos incita a comer más y peor. Qué mareo, ¿verdad? Así que cuando nosotros conseguimos «comer sano» y mantenerlo en el tiempo, la gente nos «mira raro». Porque efectivamente, no es muy habitual en nuestra sociedad.
  • Muchas personas «aspiran a» una alimentación y un estilo de vida más saludables, pero de ahí a ponerlo en práctica… Siempre hay muchos frenos y muchas excusas: no tenemos tiempo, no tenemos dinero, «no podemos vivir sin eso o lo otro», caemos en la tentación, tenemos visitas de familiares, etc.
  • Cada uno piensa (o quiere convencerse de) que tiene una alimentación ideal, y el hecho de estar frente a una persona que ha revolucionado totalmente su manera de comer, con resultados bastante positivos, da miedo (¿porque da envidia? Tal vez).
  • La adicción a los productos dulces, procesados, refinados, pre-cocinados, hiperpalatables, baratos y extremadamente anclados en nuestra cultura occidental, es terriblemente elevada. Con lo cual, si nuestro entorno se da cuenta de los esfuerzos que estamos haciendo para superar nuestras adicciones y que lo estamos consiguiendo —no sin dolor—, tal vez piensen que deberían hacerlo también y se dan cuenta de que les costaría mucho hacerlo. De ahí una mezcla de admiración y… ¿envidia?
  • Otras personas están convencidas de que la alimentación no tiene nada que ver con la salud o la enfermedad. Todo es una cuestión de genética, pensamiento positivo, suerte o mala suerte, fuerza de voluntad, buen karma, anda ya. Negación al poder.
  • Un tema muy parecido es el pensamiento mágico. Yo no enfermaré porque me porto muy bien, así, en la vida, en general. La enfermedad no forma parte de mi mundo. Si alguien se pone enfermo, será porque tuvo un comportamiento inadecuado, o no supo superar sus traumas infantiles. No pienso en la enfermedad porque no vaya a ser que pique a mi puerta.
  • Y esto nos trae a otro comportamiento, la negación: Mejor que no vaya al médico ni que me haga pruebas, no vaya a ser que me ponga enfermo. Todos sabemos que las salas de espera de los médicos están llenos de virus, bacterias, cánceres y otros monstruos terroríficos. Por este miedo, muchas mujeres no se hacen mamografías por miedo a contraer cáncer de mama. Parece absurdo, verdad, pero es la realidad. Eso sí, si nos hacemos una mamografía y nos detectan un quiste a un estadio precoz, tenemos muchísimas posibilidades de quitárnoslo de encima antes de que la cosa se complique. Tampoco hay que obsesionarse y pedir visita a tu médico cada semana (a menos de que estés enamorado/a de él/ella, pero ésa es otra historia).
  • Todos estos sentimientos crean una confusión. Y la confusión crea inseguridad. Y la inseguridad crea indiferencia, negación, sospecha o agresividad.
¿En serio es una «magufada» alimentarse y vivir de manera saludable para prevenir y mejorar enfermedades? Clic para tuitear

 

En una futura entrada, os enseñaré trucos para argumentar de manera correcta, pacífica, coherente y justificada, ante personas que cuestionen vuestras decisiones alimentarias o de estilo de vida.

Zanahoria - Episalud.comComo conclusión, diría que nuestras decisiones alimentarias son la mayor fuerza que tenemos. Cuando nuestro médico nos anuncia un diagnóstico (o varios) de enfermedad/es crónica/s sin curación, nos encontramos en la peor de las situaciones: una situación de impotencia absoluta y devastadora. Cuando descubrimos que sí, existen remedios, soluciones, y algunos de ellos siendo decisiones alimentarias y de estilo de vida, entonces todo se vuelve más fácil, ¿verdad? Entonces sí que podemos actuar, podemos participar activamente en nuestra sanación, podemos ser actores de nuestra vida, no simples espectadores de una vida que se nos va de las manos. Justifiquemos nuestras decisiones, sí, con muchísimo orgullo, porque estas decisiones nos están dando una segunda oportunidad en la vida. Justifiquemos nuestras decisiones, porque pueden ayudar a otras personas a ver la luz al final del túnel.

¿Cuáles fueron las reacciones de las personas de tu entorno después de tus cambios alimentarios? ¿Toda tu familia se subió contigo al carro de la «comida saludable», o al revés te criticaron y mantuvieron sus antiguos hábitos? ¿Y tus amigos, tus colegas de trabajo, tus médicos? En general, ¿te respetan y te admiran, o te consideran un auténtico bicho raro y huyen de ti?

 

 

 

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Alice Dénoyers
Soy Alice, la creadora de Episalud. Mi objetivo es compartir información actualizada y fiable sobre los últimos avances en salud y nutrición, con especial enfoque en las enfermedades autoinmunes. Si quieres saber más sobre mí, entra aquí.

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