Mi padre me dijo el otro día por teléfono: «¿Al fin y al cabo, qué sabe el pez del agua en el que ha nadado toda su vida?».

A mi padre le gustan los peces y el pescado, porque vive en la Bretaña —casi puede mojarse la mano en el mar cuando extiende el brazo por el balcón—, y también porque fue pescadero, piscicultor y transportista de peces vivos.

A mí nunca me había gustado el pescado, será por ver a mi padre meter a un montón de truchas vivas en un cubo de basura y aplicarles una corriente eléctrica para matarlas porque se habían intoxicado por los químicos vertidos en el río por los agricultores vecinos.

Me gustaba más verlas vivas y saltando fuera del agua en unas acrobacias dignas de las focas mejor domadas de los parques acuáticos, cuando mi padre les tiraba pienso varias veces al día, en un gesto preciso y amplio que había repetido miles y miles de veces. (No creo que este pienso fuera muy Paleo ni muy ecológico, pero éste es otro tema).

Yo siempre declaré que odiaba el pescado, con una mezcla de asco y orgullo, añadiendo como coletilla «siendo bretona e hija de piscicultor, ya ves tú».

Pues salí de mi zona de confort con todo el morro del mundo cuando decidí que, a partir de ahora, con 41 añitos, iba a comer pescado cada semana.

Primeras experiencias pescaderas

La primera vez que fui a una pescadería, me costó aguantar el olor, y me daba asco ver todos estos peces tiesos, estirados con los ojos abiertos en su cama de hielo. No despegué la mirada del suelo hasta que el pescadero me preguntó qué quería. Le dije que no lo sabía, que no me gustaba el pescado. — «Vamos bien», dijo el hombre. Me dio merluza, argumentando que era un pescado muy fino y con un sabor delicado, que le gustaba a los niños. —«Mientras no sea pescado empanado en barritas», pensé.

Fue un momento de máximo orgullo cuando le llamé a mi padre para que me explicara cómo demonios tenía que cocinar este bicho.

Pocas semanas después, estaba paseando por la orilla de un lago de montaña, cuando una mujer de mi edad me ofreció con una gran sonrisa 6 truchas salvajes que acababa de pescar y que no podía llevarse a casa. La miré con cara de pánico, pensando «me encantaría hacerte el favor, pero es que se supone que hasta la semana pasada odiaba el pescado». Le dije que sí sin pensármelo, y la primera cosa que hice al llegar a casa fue llamar a mi padre por teléfono (¡otra vez!) para que me explicara cómo vaciar y cocinar estos bichos. Es como si le hubiera dicho que me había ido a la luna y había vuelto.

truchas - Episalud.com

El episodio de vaciar y limpiar esas truchas fue una experiencia casi mística. No paraba de decirles en voz alta que lo sentía mucho, pero que de todas formas ya estaban muertas, y que les agradecía un montón por darme el valor de comerlas y así mejorar mi estado de salud. Siempre me acordaré de ese día. Fue un momento de superación personal muy fuerte.

Ya que me había entregado en cuerpo y alma al movimiento Paleo, pues por lo menos que tenga el valor de preparar unas truchas salvajes, regaladas con toda la ilusión del mundo.

¿Por qué explico estas historias de peces y pescados, me diréis?

Para hablaros de la necesidad, en algún momento dado, de saltar del viejo acuario para renovarnos, reinventarnos y nadar en aguas más frescas y más limpias.

Durante toda mi vida pensé que tenía salud y que comía bien. Porque «desde fuera» daba el pego. Estaba delgada, no estaba demasiado fea y siempre había hecho deporte (muchas veces para compensar excesos alimentarios en forma de bulimia nocturna). Hasta que mi salud se derrumbó, ya os lo expliqué muchas veces. Y es cuando muchos de los valores que me habían acompañado toda la vida también se derrumbaron, para dejar el sitio a otros valores nuevos, revolucionarios, apasionantes, y que espero me acompañen todo el resto de mi vida.

Cambiar valores

Uno de estos valores era que «no me gusta el pescado». Y pues, fue uno de los primeros valores que cambié. Hice este cambio porque leí un artículo de Sarah Ballantyne describiendo las cantidades astronómicas de vitaminas y minerales de las almejas, ostras y otros moluscos que siempre me habían inspirado tanto asco. Y porque la dieta que yo me había puesto a seguir, el AIP o Protocolo Autoinmune, promocionaba el consumo de alimentos con alta densidad nutricional.

Y la razón principal, en el fondo, era que estaba determinada a  hacer todo lo posible y mucho más, para ver a mi hija crecer y disfrutarlo con ella, durante un montón de años.

Así que, si yo he podido incluir el pescado y el marisco en mi vida después de 41 años sin probarlo, seguro que tú podrás renunciar a tus tostadas del desayuno, tu café con leche y tus pastitas de las 11:00 en el trabajo, tus cervecitas post-curro con las amigas, tu pizza mientras ves el partido de fútbol. Y, aún mejor, podrás renunciar a alimentarle a tu hijo a base de galletas, chucherías y yogures azucarados. Le harás un gran favor, te lo aseguro.

Todos los alimentos a los cuales he renunciado en los últimos dos años, y todos los que he añadido, me han devuelto la vida. Ojalá lo hubiera sabido antes. Habría comido pescado en el desayuno, en la comida y en la cena cada día.

¿Realmente crees que NECESITAS tanto este café con leche cada mañana? ¿Tu cuerpo lo necesita para vivir y estar en unas condiciones óptimas, o simplemente forma parte de tu panorama diario, y te da pereza reflexionar en otras opciones?

¿Por qué un desayuno saludable no podría ser constituido por unos huevos revueltos, unas tiras de beicon (los ingleses ya sabían algo sobre la pertinencia de las proteínas y las grasas para romper el ayuno nocturno), unas aceitunas, chucrut casero y una taza de caldo de huesos?

Sería divertido hacer una lista de todas las cosas que creemos que necesitamos. Yo, lo que más necesito es tener salud, amor, energía y fuerza, para poder jugar con mi hija y verla crecer durante muchos más años. Todo lo demás, todo, es secundario.

A veces la comodidad y los hábitos son nuestro peor enemigo, aunque nos aporten una seguridad reconfortante. No necesitamos nada para vivir que no sea aire, agua, calorías suficientes, un techo y contactos sociales.

Todo lo demás, lo podemos cambiar, modificar, alterar. Los que no hemos tenido elección para abrazarnos a un cambio de alimentación radical hemos tenido suerte. Si no estás al pie de la pared, nada ni nadie te obliga a cambiar nada. Siempre lo vas dejando para «más adelante». ¿Qué harías si, de un día para el otro, te diagnosticaran una enfermedad grave y te dijeran que un cambio profundo de dieta puede ayudarte a ganar semanas, meses o años de vida? ¿Le darías muchas vueltas o te tirarías a la piscina sin pensarlo un segundo? ¿Y si ése día fuera mañana? ¿Por qué no empieces ahora, en vez de seguir dándole vueltas?

Ojalá me hubiera dado cuenta mucho antes de que el pescado y el marisco me daban tanta energía y tanta salud. Tanto, que si una semana me olvido de comprar pescado, me siento más floja y más cansada. Vale la pena, de verdad.

¡Así que, sé valiente, salta del acuario y nada libremente hacia una vida optimizada!

Y tú, ¿qué manías alimentarias has conseguido superar y te han hecho más fuerte?

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Alice Dénoyers
Soy Alice, la creadora de Episalud. Mi objetivo es compartir información actualizada y fiable sobre los últimos avances en salud y nutrición, con especial enfoque en las enfermedades autoinmunes. Si quieres saber más sobre mí, entra aquí.

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